Tuesday, September 6, 2011

Creencias e historia del vampirismo como Mito

Vampiros en Occidente

De los vrykolakas al cadaver sanguisugus

La creencia según la cual los muertos pueden preservarse de toda corrupción cadavérica y salir de su tumba es muy antigua en Grecia. Estos “no muertos” reciben el nombre de vrykolakas (palabra tomada de la lengua eslavona, que significa “hombre lobo”). Se trata generalmente de personajes que no han sido inhumados en suelo consagrado porque se suicidaron o habían sido excomulgados. Estas almas en pena, inofensivas en sus orígenes, pretenden tan sólo abandonar su envoltorio carnal; basta con que la Iglesia anule la sentencia de excomunión para devolverles la paz.
La noción de muerto viviente chupador de sangre, síntesis de las leyendas paganas, como las sagas nórdicas, y del cristianismo medieval procede principalmente de Islandia, de los países escandinavos y de las islas Británicas, donde los celtas aportaron sus creencias.
Desde el siglo XII se encuentran en Inglaterra los ejemplos más significativos de crónicas redactadas en latín –como De Nugis Curialium (1193), deWalter Map– que contienen todo tipo de relatos relacionados con difuntos, generalmente excomulgados, que salen cada noche de su tumba para atormentar a sus allegados o para ocasionar sospechosas muertes en serie.
Al abrir el ataúd encontramos el cadáver intacto y manchado de sangre, y la única manera de acabar con el maleficio es quemar el cuerpo después de haberlo atravesado con una espada A falta de un término específico, los cronistas ingleses llamaron a este tipo de muertos cadaver sanguisugus.

Epidemias

Habrá que esperar hasta el siglo XIV para que el vampirismo sea endémico, sobre todo en Prusia oriental, Silesia y Bohemia. Este fenómeno, que no tenía hasta la fecha más que un carácter anecdótico, se generalizó, al tiempo que se constataba que las espectaculares manifestaciones vampíricas coincidían con las grandes epidemias de peste. Para evitar el contagio, las víctimas de la enfermedad eran enterradas apresuradamente sin certificar su muerte clínica. El hecho de que unos días más tarde, al abrir los panteones familiares se encontraran los cadáveres perfectamente conservados aunque manchados de sangre, propició que la imaginación les atribuyera la condición de vampiros, cuando lo que sucedió fue que los desdichados sufrieron una atroz agonía en el sarcófago y se infligieron heridas al intentar escapar de su cárcel de madera.

Vampiros históricos

–Gilles de Rais (1400-1440), antiguo compañero de armas de Juana de Arco, después de retirarse a sus posesiones en Machecoul y Tiffauges, se entregó por completo a la alquimia, pues pensaba hallar en la sangre el secreto de la piedra filosofal. Estas prácticas despertaron en él unos instintos perversos que le condujeron a torturar atrozmente y hasta la muerte a unos trescientos niños. Se le suele citar como un “vampiro” histórico.

–Vlad IV (1431-1476), voivoda de Valaquia y apodado Tepes (el Empalador) y Drácula (diminutivo de Dracul, que significa el diablo o el dragón), es un héroe nacional rumano, que contribuyó valerosamente a la liberación de su país de los invasores otomanos, a la par que un sanguinario tirano que mandó empalar a millares de personas para satisfacer su placer. Las siniestras hazañas de Vlad Tepes alimentaron numerosas crónicas de la época y lo convirtieron en un personaje de leyenda cuyo nombre está en la actualidad indisolublemente ligado al del vampiro. Cuatro siglos más tarde, su crueldad
despertó la atención de Bram Stoker, creador del mito moderno, que se inspiró en él para su Drácula (1897).

–La condesa Erzsébeth Bathory fue acusada de matar a trescientas jóvenes húngaras. En su Castillo de Csejthe, cerca de los Cárpatos, organizaba orgías, que eran verdaderas matanzas. Desangraba a sus víctimas para bañarse en su sangre. Fue enjuiciada en 1611 y condenada a vivir en lo alto de una torre, en una celda sin ventanas. A su muerte, los pobladores creían que la condesa regresaba del más allá convertida en vampiro.

Ciencia, prensa y religión

Durante la epidemia de peste que asola Prusia oriental en 1710, los científicos de la época proceden a realizar investigaciones sistemáticas sobre los casos de vampirismo de que son informados, llegando incluso a hacer abrir todas las tumbas de un cementerio para descubrir a los presuntos vampiros, responsables de la calamidad. De este modo, Austria, Serbia, Prusia, Polonia, Moravia y Rusia viven por y para los vampiros.
Los dos casos más espectaculares son, por una parte, el de un campesino húngaro Pedro Plogojowitz, sospechoso de vampirismo a raíz de su muerte en 1725, y acusado de haber ocasionado la muerte de ocho personas en la aldea de Kizilova, y por otra parte el de Arnold Paole, un campesino que murió al caer de un carro de forraje en 1726, también vampiro y a quien se acusaba de ser uno de los responsables del diezmo de los habitantes y del ganado de la población serbia de Medwegya.

El primer caso fue objeto de un informe oficial en alemán. Según el profesor Antoine Faivre, que descubrió el manuscrito en los archivos de Viena, en este informe aparece por vez primera el término vampiro, escrito “vanpir”.
En 1732, en un artículo de la revista francoholandesa Le Glaneur, para referirse al caso de Arnold Paole se utiliza la palabra vampiro (“vampyre”) por primera vez en lengua francesa. A partir de ese momento, la voz vampiro, escrita de muy diversas maneras (vampyr, vampyre, wampire, etc.) o su equivalente latino, vampirus, se empieza a utilizar sistemáticamente.
En 1746, dom Augustin Calmet (1672-17S7), monje benedictino de origen francés, publica en dos volúmenes su Tratado sobre los vampiros. Al objeto de refutar la creencia en los vampiros, dom Calmet presenta un impresionante número de “casos de vampirismo” y su obra, por anecdótica e ingenua que pueda parecer, presenta un gran interés para los historiadores, los sociólogos y los antropólogos.
El mérito de los tratados sobre el vampirismo en Occidente es el haber dado a conocer al gran público un conjunto de creencias que hasta la fecha sólo había llegado a oídos de algunos viajeros o de ciertos diplomáticos, como el haber hecho de la palabra vampiro un término genérico reconocido por
todos.

Características del vampiro

A partir del siglo XVIII, se reúnen por fin las tres características que otorgan al vampiro su especificidad: el vampiro es un espectro corpóreo y no un fantasma etéreo ni un demonio, sale de noche de su tumba para chupar la sangre de los mortales con el fin de prolongar su existencia póstuma, y sus víctimas se convierten a su vez en vampiros una vez muertas.
La ausencia de imagen especular no es una característica universal de los vampiros. Esta creencia procede de la cultura germánica, donde el vampiro carece además de sombra, dado que el reflejo y la sombra simbolizan el alma que el muerto viviente ha perdido.
En general el vampiro no muerde a sus víctimas sino que aspira la sangre por succión a través de los poros de la piel. Su relación con el murciélago se relaciona con el hecho de que el naturalista Buffon bautizó en 1761 con el nombre de vampiros a unos quirópteros de América latina que chupaban la sangre de los bovinos. En realidad, el vampiro legendario es capaz de transformarse en toda clase de animales, como arañas o mariposas, aunque también en niebla y paja. La creencia de que el ajo puede eliminarlos ha sido atestiguada en Rumania. Se reconoce a un vampiro porque, en su tumba, su cuerpo conserva el rigor mortis y no sufre de corrupción cadavérica semanas después de su entierro.


Extractos tomados de la obra "El despertar de los vampiros", Jean Marigny, Ediciones B, 1999.

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