Thursday, June 21, 2012

Experimentar la energía




El mundo que percibimos, conceptualizamos y pensamos que conocemos, es tan solo una realidad superficial. Debajo yace un mundo mágico más huidizo, aunque más vivido. Cualquier tradición filosófica, espiritual y religiosa, cualquier forma artística, en cualquier rincón del mundo y en cualquier época de la existencia humana, nos habla acerca de esta realidad más profunda.

Moverse por el mundo sin conectar con la energía es como si quisiéramos saber qué es estar enamorado leyendo novelas románticas. Así como no podemos saber qué es el amor hasta que no amamos, del mismo modo no estamos verdaderamente en el mundo hasta que no nos comprometemos energéticamente con él.
La energía constituye el aspecto vibrante del ser: la calidad, la textura, el ambiente y tono de lo animado e inanimado, de lo visible e invisible. Es la vitalidad básica de nuestra existencia. Impregna tanto nuestro mundo interno, psicológico, como el mundo externo o fenoménico.
Existe en todo lo que vemos, olemos, gustamos, tocamos, oímos y sentimos. La gente expresa su energía mediante las actitudes, sentimientos, decisiones y acciones. Además, cada uno de nosotros manifiesta a su modo la energía mediante la postura corporal., la expresión facial, los gestos, la elección de palabras, el tono y el tempo de la voz.

La energía es la fuerza vital, nuestro poder natural o fuerza. Reside en nuestra respiración. Cuando esta cambia, cambian nuestras emociones, cambian nuestros movimientos y nuestra percepción del mundo. Cuando nuestra energía vital se ve oscurecida por fuertes emociones, opiniones y conceptos, nuestra perspectiva se reduce y nuestras fuerzas disminuyen. Cuando estamos libres de estos bloqueos, nuestra fuerza se muestra libre y expansiva.

Momento a momento, nuestra experiencia está hecha con sensaciones corporales, sentimientos, pensamientos y percepciones. Reunimos estada mirada de elementos incensantemente cambiantes para conformar lo que llamamos "yo" y "mi experiencia" y "el mundo". Por ejemplo, cuando comemos una manzana, la vemos, la tocamos y la degustamos, y luego decidimos si nos gusta. Todo esto constituye nuestra "experiencia de comer una manzana". Cuando no estamos limitados por ese sólido sentido del ego, que es el que construye un gran guión o que convierte las experiencias  en identidad, podemos conectar con nuestra energía innata. Sin filtros, la cualidad energética de nuestra existencia es más fluida, fragmentada, ilusoria y brillante. Sin ese fuerte sentido del "yo" que bloquea el flujo energético, la experiencia de nosotros mismos resulta agradable.

La energía es también un modo de entender el Karma, el concepto budista de causa y efecto. La composición energética de una situación produce (causas) su correspondiente situación energética (efecto). Nuestros pensamientos, palabras y acciones tienen su inevitable consecuencia. El budismo tradicional considera que estos esquemas nos acompañan a través de nuestras vidas y crean así nuestro Karma, bueno o malo.

Las fuerzas de la naturaleza son energía elemental en estado puro. Firme, sólida y digna de confianza, la tierra constituye una buena base y es fuente alimenticia. Fluida y versátil, el agua puede correr con enorme fuerza o aquietarse en un manso espejo quiero. El fuego es revoltoso e intenso, quijotesco y apasionado, inaprensible. El aire puede manifestarse como leve y refrescante brisa que parece armoniosa o como un fuerte huracán.


Es más difícil experimentar la energía elemental en las ciudades, donde nos fortificamos contra los elementos creando construcciones, tanto como nos fortificamos contra la realidad energética creando nuestros guiones. Confinamos la tierra en macetas o cuidados jardines; el agua en fregaderos, bañeras o lavabos; el fuego en chimeneas o cocinas, y el aire en ventiladores, respiradores y aparatos de aire acondicionado. Nada hay malo en ello, salvo que al domesticar los elementos tendemos a distanciarnos de su magia.

Podemos invocar la energía mediante la expresión creativa. El "podría, habría, debería, voy, hago..." hasta convertir la frase o sus palabras en un grito, evocando así, la energía. La experiencia de la energía evocada tiene más impacto que las palabras.

También podemos ver a las personas como manifestaciones de diferentes energías. Imaginar por un momento que sus buenos amigos se pasean por la sala de estar. En lugar de verlos como "x" o "y" que "conoce" tan bien, borrar la imagen familiar que tenéis de ellos y fijaros en sus cualidades energéticas. Observar a "x" animada, amante de las diversiones y de fluidas emociones. Observar a "y" de emociones lentas, sonrisa blanda y  maneras acomodaticias que nunca se altera. Ambos expresan su energía particular: su cualidad, su tono, su ritmo; su danza; su canción.

La mayoría de las veces pensamos que el mundo físico está compuesto por materia sólida, pese a que también posee un aspecto energético. Una mesa es una "mesa". Rara vez nos fijamos en la energía que la mesa irradia.
Probablemente en entornos nuevos es más probable que seamos conscientes de la realidad de la energía porque tenemos menos ideas preconcebidas a través de las que filtrar nuestras percepciones inmediatas. Estamos aún más concienciados si no estamos familiarizados con el idioma, porque somos menos propensos a distraernos con las palabras.

Proporcionar una adecuada energía ambiental a una determinada situación puede intensificarla. Un idioma, por ejemplo, se aprende con más facilidad si está evocado en la energía del entorno.
Todas las culturas del mundo han encontrado modos de explorar, celebrar y expresar la realidad energética en sus religiones, en su arte, sus tradiciones filosóficas. En la mitología griega y romana, así como en las religiones orientales como el budismo, el hinduismo y el sintoísmo, diferentes deidades simbolizan diferentes energías. En el budismo vajrayana, las cinco energías de la sabiduría se presentan tradicionalmente como las cinco familias búdicas, que están personificadas en deidades simbólicas. Como lo han sido durante más de mil años. Los indígenas norteamericanos reconocen las energías elementales como espíritus. Budistas e hinduistas evocan energías particulares cantando mantras, repeticiones de determinados sonidos o palabras. Los pueblos africanos y australianos utilizan la danza ritual para invocar la energía a los espíritus.

Tanto en el arte, la ciencia o la religión, una concepción cultural puede cubrir y bloquear nuestra experiencia de la energía. Los símbolos pierden su poder porque los objetivamos.
Los novelistas, músicos, pintores, bailarines y poetas, se sintonizan todos con el mundo de la energía en su arte. La música expresa toda una gama de energías, desde el pizzicato de los violines al ritmo de la batería o el mismo ritmo rock... y así con todas las demás artes.

Ciencias como la acupuntura, el feng shui, y la disciplinas físicas como las artes marciales y el hatha yoga trabajan especifícamente con la energía como medio de curación. Estas disciplinas trabajan sobre los meridianos o canales energéticos del cuerpo humano. Su principio básico es que la energía fluye a través de determinadas líneas, pero a lo largo de nuestra vida, particularmente cuando estamos enfermos, la energía llega a bloquearse.

Sentir es la palabra que usamos para para referirnos tanto a las experiencias físicas como a las mentales. Sentir el cuerpo y la mente. Es más complejo que el dolor físico que experimentamos cuando nos damos un golpe en la rodilla. Es más sutil que una emoción como la ira o que pensamientos acerca de lo que tenemos que hacer mañana. Sentir es como tener un sexto sentido, la habilidad para sintonizar intuitivamente con lo que está ocurriendo. Une el intelecto y la intuición, el corazón y la mente. Es la manera en que experimentamos la energía.

Trabajar con la energía nos conecta con nuestra experiencia de un modo en que esta nos revela tanto su naturaleza ilusoria como la del mundo circundante. Vemos que el mundo no es tan sólido como parece; está compuesto de energías en constante flujo. Es más fácil aunque parezca difícil. Por ejemplo, una vista favorita en un paisaje natural es infinitamente variable, según la hora del día, las estaciones y el tiempo. No hay una vista única. Difícilmente podríamos decir que es el mismo lugar en febrero que en agosto. Y lo mismo sucede con nuestros cuerpos, con los elementos que conforman lo que llamamos "humano" y que se disolverán a nuestra muerte.

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