Wednesday, August 24, 2011

El Niño

Ésto era un niño que vivía en el campo, en una cabaña junto a un arroyo, y había también un cañaveral. Y una fuente: un manantial formando una hondonada de agua transparente, con un volcancito de arena en el fondo palpitando como un corazón.

Muchas veces el niño se llegaba hasta el manantial y se tendía en el suelo, y hundía la cara en el agua para beber, y miraba el volcancito de arena del fondo por donde manaba el agua.

Así fue que un día debió quedarse dormido y soñar.

Soñó -o vio en el agua, esto no se sabe bien- que estaba enmedio de un desierto, y que tenía mucha sed. Y como tenía mucha sed estaba andando entre las dunas buscando una fuente. Así anduvo mucho tiempo, porque todas las dunas más o menos son iguales y no es fácil orientarse.

Por fin encontró a mucha gente que estaban sentados en la arena hablando, hablando, hablando... No hacían otra cosa sino hablar. Hablaban pero no decían nada: sólo hablaban.

El niño se puso a escucharles, viéndoles hablar y preguntándose para si mismo “¿es que no tienen sed?" Así que, tímidamente, se atrevió a decirle al que estaba más cerca "tengo sed".

E1 que estaba más cerca abrió mucho los ojos y preguntó muy sorprendido "¿Tú no tienes una fuente?"

-Yo si tengo una fuente, pero está al lado del cañaveral, sobre el arroyo; y ésto es el desierto. ¿Aquí en el desierto no hay fuentes?

-...Bueno... te diré... -y así estuvo hablándole mucho rato, pero sin decirle si en el desierto había fuentes o no. Por fin empezó a sonsacarle donde estaban la fuente y el arroyo y el cañaveral y la cabaña, y todos salieron corriendo hacia allá, menos el niño, que se quedó otra vez solo en el desierto-. Porque el niño ya no podría regresar jamás a la fuente donde empezó el sueño.

Pronto volvieron los otros al desierto, después de haber bebido en el manantial y husmeado en la cabaña y chapoteado en el arroyo y haber cortado cañas del cañaveral. Y el niño se extrañó mucho de que volvieran al desierto a sólo hablar hablar hablar, cuando en la cabaña del arroyo se estaba mucho mejor.

Y el niño les dijo "tengo sed", pero nadie pareció haberle oído. Hablaban, hablaban, hablaban, sólo éso.

Entonces el niño se apartó un poco, y se puso a hacer un hueco en el suelo con las manos, igual que el de su manantial; y también con las manos hizo un cauce seco un poco más abajo, y marcó con hoyitos los sitios donde debieran nacer las cañas, y asímismo trazó con las manos el sitio donde debiera edificarse una cabaña.

Los demás continuaron hablando, hablando, hablando... sin preocuparse del extraño trabajo del niño, pero éste, aunque con mucha pena, sonreía levemente y continuaba haciendo su trabajo, porque había observado las primeras sombras de humedad en el fondo del hoyo grande, y apenas algunas perceptibles briznas verdes en los sitios de las futuras cañas, y en el plano de 1a cabaña estaban los cimientos algo más sólidos.

Ahora los otros hablaban de grandes fuentes, de oasis y vergeles, de una ciudad de mármol blanco y azul. Pero sin levantarse del suelo, sin ponerse a buscar por el gran desierto ni el agua ni las plantas ni el mármol blanco v azul.

De vez en cuando el niño iba hacia ellos y les decía “Todo está aquí; pero hay que esforzarse por encontrarlo: el agua, cavando más en el hoyo grande; las plantas del oasis y los vergeles, haciéndoles huequecitos a las semillas que invisibles lleva el viento de un lado a otro; el mármol blanco y azul, quitándole de encima la arena que lo oculta. Todo está aquí".

Pero ellos prefirieron no entenderle, porque era más cómodo hablar, hablar, hablar...

-Bueno -se dijo el niño y es echó a reír- lo haré Yo solo.

Y siguió cavando con las manos en el hoyo grande, y haciéndoles pequeños huecos a las semillas del viento, y ahondando en los cimientos de la casa hasta acercarse al mármol blanco y azul, y no olvidando tampoco el cauce del arroyo.

Algunos —muy pocos- es acercaron y le imitaron, escarbando con sus manos desnudas en la arena. Y el niño los sonrió, y estos pocos sonrieron también al niño.

Pasó el tiempo y el hueco grande se llenó de agua, y era ya un verdadero manantial, con un volcancito de arena latiendo en el fondo como un corazón. Y porque el manantial nació, nació el arroyo y nacieron también las cañas del cañaveral y otras plantas exóticas y bellas; y el agua barrió la arena y quedó al descubierto el mármol blanco y azul y también oro para hacer la más fantástica ciudad.

Entonces, los que habían estado hablando y hablando y hablando todo el tiempo dijeron al niño: "Siempre hemos estado contigo; así pues, déjanos beber del agua y habitar en las moradas de mármol blanco y azul y adornarnos con ese oro, pues siempre hemos estado contigo". Y el niño se echó a reír y también rieron los muy pocos que habían estado trabajando con el niño.

-Si, en efecto siempre habéis estado conmigo, hablando hablando hablando, ¿para qué cambiar? Seguid pues hablando hasta que os muráis de sed y de frío y de calor.

Y el niño dijo a los Muy pocos: "Necesitamos esclavos para construir la Ciudad con este mármol y este oro"; y fueron llamados expertos esclavos de todos los sitios del mundo. Y cuando los que habían estado hablando todo el tiempo vieron venir los esclavos y los vieron trabajar construyendo la Ciudad, clamaron desde lejos al Niño y a los Muy Pocos: "Admitidnos siquiera como esclavos para trabajar con ellos". Y les fue respondido desde lejos: "No es correcto tener como esclavos a unos antiguos conocidos; porque de los esclavos no es preciso saber nada: se les emplea, se los paga, y en paz".

Finalmente preguntaron: "Entonces, ¿no nos dejaréis entrar nunca en la Ciudad?" Y les fue respondido: "NUNCA. Nadie que no sea capaz de construir su propio Oasis en el desierto de los sueños puede ser admitido en la Ciudad.

Y cuando el Niño abrió los ojos volvió a sonreír pues ya tenia una cabaña y una fuente y un arroyo y un cañaveral, y unos Muy Pocos con É1 buscando de verdad bajo las monótonas dunas el oro y el mármol blanco y azul que aún faltaban.

Nota:


El Niño, es un corto relato que escribí hace un tiempo y que tenía olvidado entre las hojas de un libro que olvidé en la estantería. Al verlo de nuevo, y no es fruto de la casualidad, he decidido publicarlo aquí.